ENSAYO | La cultura en el paradigma posmoderno latinoamericano

Como parte de la discusión sobre posmodernidad en América latina, existen aspectos que dificultan una mayor reflexión. En primera instancia, en cuanto este proceso se circunscribe a las distintas realidades latinoamericanas, lo cual exhibe una trama discontinua y fragmentada en tanto desfases en los procesos históricos, sociales y culturales, así como, en los antecedentes de modernidad (Richard, 1996, pág. 210).  A esto que las variables de cada región escapen a una matriz que clasifique los procesos de posmodernidad latinoamericana, a partir de la identificación de regularidades en la comparación de los contextos. En segunda instancia,  dado la complejidad de este fenómeno, los rasgos que lo conforman se encuentran diseminados entre los “numerosos campos del saber y áreas de la actividad humana” (Larraín, Posmodernismo e identidad latinoamericana, 1996, pág. 45).

Esta configuración dispersa ubica al posmodernismo en un terreno difuso colindante con el post- modernismo (Richard, 1996, pág. 210).  Este último está condicionado por la regularidad del “formato histórico de la modernidad” (Ibíd., pág. 214), ciñéndose a un proceso lineal: el carácter progresivo otorgado a los procesos históricos –denotado por el prefijo “post”-, por el cual, se desmantela la modernidad y se instaura la posmodernidad como culminación o superación del período precedente.

En este sentido, es posible hablar de un post-modernismo euro-dominante mas no latinoamericano, pues, dado el carácter fragmentario de las realidades regionales y la consiguiente imposibilidad de compararlas, el discurso posmoderno rompe con la linealidad o continuidad evolutiva. Además, la modernidad en América Latina “se presenta no sólo desigual sino también inconclusa” –donde no cabe un cierre definitivo o un “después de” -, representando más trabas la aproximación fidedigna de la posmodernidad en esta región (Ibíd., pág. 215).

A pesar de estos aspectos, es posible identificar rasgos dentro de una “síntesis abarcadora” de la posmodernidad, siendo los más importantes: la fractura de los ideales modernos, la valoración de la heterogeneidad cultural, la posibilidad de un amalgamiento histórico-cultural y el abandono de la certeza en aras de un pensamiento basado en la incertidumbre y la relatividad; articulados a partir de las reproducciones del proceso posmoderno europeo-dominante (Richard, 1996, pág. 211). En América Latina, la condición posmoderna supone una ruptura con los parámetros de la modernidad, propiciando no sólo un nuevo panorama económico, político y social; sino también un nuevo estado cultural, reconfigurado desde los sentidos y sentimientos en las esferas sociales de dicha coyuntura.

El presente ensayo busca explorar el ámbito cultural de la coyuntura latinoamericana posmoderna, explicando la reorganización de sus relaciones con el sistema cultural dominante y los reajustes necesarios para acceder a los mercados internacionales predominantes. Todo esto, a partir de la refutación  que percibe a la posmodernidad latinoamericana como mera reproducción del sistema cultural dominante.

El posmodernismo en América Latina supuso  la proyección de los sistemas culturales de los estados centrales, estampando la marca colonizadora. La transferencia cultural hizo difusas las distinciones, entre lo extranjero y lo nacional, entre lo ajeno y lo propio; lo cual,  alteró las sensibilidades e imaginarios sociales (Richard, 1996, pág. 212). “El posmodernismo ha surgido no sólo en el arte, la arquitectura, la literatura, la filosofía y las ciencias sociales, sino también ha sido definido como una nueva estructura de sentimientos, (…) una nueva manera de experimentar, interpretar y estar en el mundo que ha socavado los sentimientos modernistas[1]” (Larraín, 1996, pág. 45).

Es preciso constatar que la noción de cultura se forma desde dos aristas que le otorgan un carácter universalista y otro, específico. “Por un lado se entiende por cultura el arte y la vida intelectual, el discurso elaborado, articulado y riguroso, es decir, el cultivo de las facultades humanas y las expresiones más profundas del espíritu humano. En este sentido la cultura es universal. Por otro lado, por cultura se entienden los significados y los valores sedimentados en la gran diversidad de modos de vida cotidianos de la gente que van creando prácticas y costumbres diferentes y específicas.” (Larraín, Posmodernismo e identidad latinoamericana, 1996, pág. 47). En este sentido, los nuevos imaginarios y procesos sociales, constituidos a raíz de la posmodernidad, reformulan el estado de las culturas latinoamericanas.

En Latinoamérica persiste la percepción de la posmodernidad como un calco mimético de las tendencias euro-norteamericanas predominantes en una suerte de alienación consensuada en tanto posibilita el acceso a los mercados internacionales de información y bienes culturales, lo cual es interpretado como “presión extranjera”, por lo que los actores sociales lo perciben con cierto escepticismo, resistencia e incluso rechazo. Siguiendo esta premisa, la realidad posmoderna se articularía en disonancia con la europea-dominante a manera de traducciones periféricas precarias y fallidas, copiando el último dato promovido por los mercados de información y  de bienes culturales dominantes (Richard, 1996, pág. 212).

Sin embargo, esta consideración queda desmentida, en primer lugar, al “autorizar la traducción por simetría de experiencias” (Ibíd., pág. 213), no considerando la profunda diferencia entre las tramas latinoamericana y europea- norteamericana, así como, sus precedentes de modernidad. En segundo lugar, al  erigirse a partir del carácter secuencial  del paso de una fase finita a otra.  Puesto que “(…) la posmodernidad no es lo que linealmente le sigue a la modernidad (su nuevo y más reciente “fin”: su acabada ‘superación’) sino el pretexto coyuntural para su relectura” (Ibíd., pág. 215).  Esto hace referencia a cómo la modernidad se presenta desigual y ha quedado inconclusa en América latina, por lo que, su relectura constituye una herramienta importante para comprender su configuración y efectos desde las interacciones con la hegemonía; y sobre todo,  para profundizar en el cuestionamiento del paradigma de razón universal  de la modernidad euro-dominante (Ibíd., pág. 215).

La posmodernidad latinoamericana constituye, pues, más que una traducción o imitación del sistema cultural centralista, un amalgamiento de elementos tradicionales y modernos, donde se entrecruzan aspectos del pasado y presente; esto es, la fragmentación y recombinación de memorias históricas, según el modo de la discontinuidad (Ibíd., pág. 216). “Tradición y modernidad –en lengua posmoderna- dejan de contraponerse bajo el signo rupturista del antagonismo entre lo viejo (repetición) y lo nuevo (transformación): la posmodernidad desorganiza y reorganiza la proceualidad de las fases gracias a conexiones transversales que intercalan pasados y presentes en secuencias trastocadas por la operatoria cita histórica” (Ibíd., pág. 215).

En este sentido, el sistema cultural latinoamericano propicia un “collage” a partir de la incorporación y revalorización –reapropiación- de expresiones y signos indígenas, locales e internacionales. Lo cual, refleja “(…) un pensamiento que se mueve entre categorías binarias de lo propio y lo extranjero, lo importado y lo nacional (…)” (De Toro, 1999, pág. 58); así como, del pasado y presente. Por lo que calificarlo como “mera reproducción” o simulacros y máscaras que obedecen la perspectiva del centro no es preciso ni justo ni acertado (Ibíd., pág. 41).  Esto, por consiguiente, desmiente la perspectiva de la posmodernidad como “imitativa, alienación de la identidad, moda internacionalista que confirmaba carencia frente a la saturación europea y de los EE.UU” (Ibíd., pág. 41).

Por otra parte, dicho entrecruzamiento de tradiciones indígenas, elementos locales y extranjeros articula un “mestizaje interclasista”, generando formaciones híbridas en todos los estratos sociales; lo cual, incide en una “heterogeneidad cultural”[2] y conforma, incluso, una especie de  “posmodernismo avant la lettre” (Richard, 1996, pág. 216). Este último término –acuñado por José Joaquín Brunner- asocia el posmodernismo a la heterogeneidad, entendiendo a ésta como la participación segmentada y diferenciada en un mercado internacional de mensajes que conlleva a una verdadera implosión de sentidos consumidos-producidos-reproducidos y a la consiguiente desestructuración de representaciones colectivas (…) y otras manifestaciones. En América Latina, es el propio movimiento modernizador, o su motor, el mercado internacional, el que provoca y refuerza un incesante movimiento de heterogeneización. (Devés, 2004, pág. 94).

Tal aspecto sigue la lógica de la reorganización de las relaciones entre lo local y lo extranjero, fortaleciendo la apertura  a la posmodernidad. Lo cual, no incide en la desaparición de las tradiciones sino más bien en su reelaboración –y no sólo adaptación- y acceso a los mercados internacionales de bienes culturales. En este sentido, el prefijo “post” ya no supone un “después de” sino un “a partir de”, proponiendo la reinterpretación de las expresiones culturales euro-dominantes y su configuración en un entremezclamiento –y por ende, consolidación de la heterogeneidad cultural-  de expresiones propias y ajenas, sin perder la esencia de las tradiciones locales.[3] Esto lo apreciamos en el ámbito del arte con el neobarroco, donde la posmodernidad latinoamericana se traduce en un estado anímico y  expresivo.

Entonces, el postmodernismo latinoamericano avant la lettre devendría en un “mosaico” que redefine las relaciones centro-periferia en el sistema cultural posmoderno, constituyéndose como una vanguardia o “precursor de la novedad por haber anticipado el simulacro posmodernista desde las simulaciones (…)”  (Richard, 1996, pág. 219). Por lo que ya no pertenece a una “cultura de la reproducción” (Ibíd., pág. 218) con una condición de subalterna, abandonando toda herencia mimética colonial.

En conclusión, la posmodernidad en Latinoamérica supone, en el ámbito cultural, una restructuración de las relaciones con el sistema cultural europeo-norteamericano, la cual se traduce en una heterogeneidad cultural al entrecruzar signos locales, tradicionales e internacionales. En este sentido, la condición posmoderna se funda en los reajustes y reformulaciones de las expresiones culturales –en  una suerte de “collage”- que permiten el acceso a los mercados simbólicos y de información. Esto desmiente aquel carácter mimético que se le otorga a la posmodernidad en América latina, despojándola de su condición subordinada  para pasar a ser precursora de lo que se considera vanguardia en la cultura posmoderna.

Bibliografía
  • De Toro, A. (1999). La postcolonialidad en Latinoamérica en la era de la Globalización. ¿Cambio de paradigma en el pensamiento teórico- cultural latinoamericano? En A. De Toro, & F. De Toro, El debate de la postcolonialidad en Latinoamérica: una postmodernidad periférica o cambio de paradigma en el pensamiento latinoamericano (págs. 31-77). Madrid/ Frankfurt: Universitat Leipzig. Centro de Investigación Ibearomericana.
  • Devés, E. (2004). El pensamiento latinoamericano en el siglo XX. Entre la modernización y la identidad. Buenos Aires: Centro de Investigaciones Diego Barros Arana.
  • Follari, R. (2010). Reflexiones sobre posmodernidad, multiculturalismo y movimientos sociales enla Latinoamérica actual. Utopía y Praxis Latinoamericana. Revista Internacional de Filosofía Ibeoramericana y Teoría Social. N° 43., 53-67.
  • Larraín, J. (1996). Posmodernismo e identidad latinoamericana. Escritos, Revista del Cntro de Ciencias del Lenguaje. Núm. 13-14., 45-74.
  • Richard, N. (1996). Lationamérica y la posmodernidad. Escritos, Revista del Centro de Ciencias del Lenguaje. Núm. 13-14., 210-222.
Pie de páginas:

[1] Además, de conllevar a una serie de transformaciones “a nivel de cultura cotidiana, largamente expuestos en la obra de Lipovetsky (…): abandono de las grandes utopías históricas, retorno a la privacidad y lo íntimo, cuidado del cuerpo propio, neonarcisismo y tendencia a refugiarse en el placer personal, tolerancia, repulsa de toda moral rígida (…) costumbres cotidianas y sexuales (…) (Follari, 2010, pág. 54).  Dichos aspectos han “(…) modificado las modalidades de la moral y la convivencia cotidianas de manera que se trata de un horizonte de imaginario vital que se instaló con fuerza en aquella época (…)” (Ibíd., pág. 57).

[2] No se considera como heterogeneidad a “culturas diversas, etnias, clases, grupos o regiones, o que mera superposición de culturas” (Devés, 2004, pág. 94) sino más bien al “mestizaje de identidades; hibridismo de tradiciones; cruzamiento de lenguas” (Richard, 1996, pág. 216).

[3] Esto contradeciría aquella actitud de resentimiento y resistencia con la posmodernidad, asociado a un ajuste a los patrones o presiones euro-dominantes en tanto supone la reproducción de dichas tendencias.

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